• Redacción central

Monseñor Silvio Báez: Dios está del lado de las víctimas


HOMILÍA DEL III DOMINGO DE PASCUA

Miami, 18 de abril de 2020



Queridos hermanos y hermanas:


Este domingo hemos escuchado en la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, que Simón Pedro, después de haber curado a un hombre tullido en la puerta del templo, desea dejar claro que aquel hombre ha vuelto a caminar por obra de Jesús Resucitado (cf. Hch 3,1-10).


Al proclamar la resurrección de Jesús, Pedro no olvida los acontecimientos dramáticos de la pasión del Señor. Recuerda que el procurador romano, Pilato, “ya estaba decidido a ponerlo en libertad” (Hch 3,13), pero al final temeroso y desalmado, cedió ante la turba y decidió una condena injusta y criminal. También recuerda que la gente, manipulada por sus líderes, rechazó a Jesús y pidió “que les dejaran en libertad a un asesino”, a Barrabás (Hch 3,14; cf. Lc 23,19.25). Finalmente, Pedro se dirige a sus oyentes y los hace responsables de la muerte de Jesús: “Ustedes lo entregaron a Pilato y lo rechazaron en su presencia” (Hch 3,14; cf. Lc 23,22); “ustedes dieron muerte al autor de la vida” (Hch 3,15).


Es significativo que al anunciar la resurrección del Señor se recuerden los acontecimientos que tuvieron lugar durante su pasión y su muerte. El proceso judicial al que fue sometido Jesús estuvo plagado de mentiras y falsos testimonios. Quien lo condenó, Pilato, sabía que actuaba injustamente y que condenaba a un inocente, pero pesaron mucho más sus intereses personales y sus ambiciones políticas. Jesús fue una víctima del poder imperial criminal y del poder religioso inhumano, gente de corazón duro y conciencia oscurecida. Jesús no simplemente murió, a Jesús lo mataron.


Después de recordar la pasión y muerte de Jesús, Simón Pedro hace una solemne afirmación: “Ustedes mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello” (Hch 3,15). La afirmación de Pedro es de suma importancia para conocer quién es Dios. Dios no está de parte de la muerte, sino a favor de la vida. Dios pone vida, donde los hombres ponen muerte. Los hombres destruyen la vida, pero Dios la resucita.


Dios no resucitó al representante del poder imperial romano, ni a ninguno de los brutales soldados de Roma, ni al sumo sacerdote del templo de Jerusalén, ni a ningún terrateniente de Galilea, ni a ningún rico de la clase alta de los saduceos de Jerusalén. Dios resucitó a Jesús, al Crucificado, a la víctima inocente, al condenado por los poderosos e injustos de la tierra. La resurrección de Jesús es la reacción de Dios ante la injusticia de los que matan la vida. La resurrección de Jesús no solo es la manifestación de la fuerza de Dios que se impone sobre el poder destructor de la muerte, sino la victoria de la justicia por encima de las injusticias de los hombres. “Dios es justo y ama la justicia” (Salmo 11,7).


La justicia no es negociable y la impunidad es inaceptable a los ojos de Dios.

Quienes creemos en la resurrección del Señor Crucificado, sabemos de parte de quién está Dios: de quien sufre, de los pobres, de los excluidos, de las víctimas. Dios no está de parte de los sistemas políticos criminales e injustos, ni de los poderosos que oprimen a sus pueblos. Dios tampoco está de parte de los jueces que condenan a los inocentes, ni de parte de los testigos falsos.


Dios no está de parte de los funcionarios corruptos, ni de los policías que reprimen, ni de los torturadores que humillan y hacen sufrir. Dios está de parte de las víctimas, en quienes se prolonga el dolor del Crucificado del Calvario.

En el evangelio que hemos escuchado, al atardecer del día de la Resurrección, estando los discípulos reunidos, “se presentó Jesús en medio de ellos” (Lc 24,36). Los discípulos se asustaron, no lo reconocieron y pensaron que era un fantasma (cf. Lc 24,37). En realidad, era el mismo Jesús que habían conocido, pero ahora se presentaba totalmente distinto. Con su resurrección, no había vuelto simplemente a su vida anterior, sino que había sido glorificado. Jesús les pide que no se asusten y no duden, diciéndoles: “Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne y huesos, como ven tengo yo. Y les mostró las manos y los pies” (Lc 24,39-40).


El Señor Resucitado no es fruto de la imaginación, no es proyección psicológica que busca compensar nuestras frustraciones, no es una idea ni tampoco una ideología. Cristo Resucitado es una persona viva. Su cuerpo no es físico como el nuestro, sino glorificado, lleno de la plenitud de Dios y de la vida que no termina. En la mentalidad judía, no se podía existir sin cuerpo. Por eso Jesús insiste en su dimensión corpórea y les muestra las manos y los pies que fueron atravesadas por los clavos en la cruz. De nuevo, el Resucitado no es otro que el Crucificado.


Al mostrar las manos y los pies, atravesados en la crucifixión, Jesús nos está pidiendo encontrarlo sobre todo en los signos del sufrimiento, en las marcas del dolor y en las lágrimas de las víctimas. La carne llagada de Cristo es la carne llagada de la humanidad, es la carne del pobre, del hambriento y del enfermo. La carne llagada de Cristo es la carne de los perseguidos y oprimidos, de los presos políticos y de los exiliados, de los torturados, desparecidos y asesinados por la represión.


Si ignoramos estas llagas, si somos indiferentes ante la carne de quien sufre, no nos encontraremos jamás con Cristo.

Como ha dicho el Papa Francisco: “Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de los abusos contra la vida (Mensaje de Cuaresma 2020, n. 4).


El Señor resucitado se hace presente allí donde defendemos la dignidad humana y nos comprometemos por construir relaciones justas y fraternas. Jesús resucita allí donde se sufre para que otros no sufran, allí donde se lucha y hasta se muere para evitar la muerte de otros. Jesús resucita cuando escuchamos el grito de las víctimas y somos solidarios con sus exigencias de justicia. La resurrección del Señor nos asegura que, a pesar de los miedos, los fracasos y las amenazas, nunca se perderá ningún esfuerzo que hagamos por defender la vida, la dignidad humana y la libertad.


La esperanza infinita que se abre con la resurrección de Jesús, sólo es posible proclamarla desde la fe en un Dios que no abandona a las víctimas. Un Dios que no se deja aprisionar por las pretensiones de los poderosos, ni sigue las consignas de quienes tienen el dinero o las armas, por más que invoquen su nombre. Por eso, es importante recordar a las víctimas.


Recordamos no para odiar y pedir venganza, ni tampoco para reproducir en nosotros los mecanismos criminales del opresor, sino para no repetir las injusticias del pasado y honrar a las víctimas, realizando el ideal por la que ellos ofrendaron su vida.

Hemos escuchado en el evangelio que Jesús desea que seamos “testigos de estas cosas” (Lc 24,48). Testigos de la vida, del amor y de la justicia. Por eso, la fe en Jesús Resucitado nos obliga a preguntarnos: ¿estamos del lado de los que crucifican o de los que son crucificados?, ¿estamos del lado de los que matan la vida y destruyen al ser humano o más bien entre los que luchan por defender a los crucificados y servir a la vida? La mejor expresión de fe en el Señor Resucitado es no olvidar a las víctimas y ponerse al servicio de los crucificados. Creer en la resurrección del Señor es creer en el triunfo definitivo del amor, de la alegría y de la vida, sobre el mal, el sufrimiento y la muerte.



Silvio José Báez, o.c.d

Obispo Auxiliar de Managua

















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